Presente ausencia

Julio López Cid

En realidad, casi todo lo que nosotros somos se lo debemos al Dichi”. Por su corte aforístico, esta frase lo mismo podría ser una declaración de principio que la respuesta a la pregunta clave de una entrevista sobre las generaciones, tan al uso, o —por qué no— el comienzo de una narración de intriga. En realidad, no fue sino el sincero aunque tardío acto de contrición que oí de boca de Ernesto Gómez del Valle[1] a finales de 1960, pienso que en Los Milagros, donde en aquel tiempo viví cerca de un año convaleciendo de una grave operación, pues al responder a mi absoluta perplejidad: “Y ¿quién es el Dichi?, Ernesto comentó, entre otras cosas, que años atrás, durante una de sus crisis, Cándido Fernández Mazas, el Dichi, había estado también en Los Milagros.

Ernesto Gómez del Valle. Orense, década de 1960.

 

No sabría precisar qué fue lo que trajo a colación el nombre de Fernández Mazas, pero creo recordar que la conversación no tardó en derivar por otros derroteros, de modo que lo que a fin de cuentas quedó alojado en la memoria fue la sorprendente afirmación, unida al nombre familiar, el Dichi, oído por primera vez. Primera y única, pues nunca después, durante el tiempo de frecuente relación con los componentes del grupo reunido por entonces en torno a don Vicente Risco, volví a escucharlo ni a don Vicente ni a Prego ni a Trabazos… ni al propio Ernesto, fallecido en 1965. Tan sólo, bastantes años después, durante una circunstancial y breve estancia en Canadá[2], tuve ocasión de ver algunos dibujos de Fernández Mazas en casa de Antón Risco, herencia de su padre, que Antón se limitó a enseñarme sin más comentario que el nombre del autor, que creo no haber relacionado entonces[3] con la persona de la que Ernesto G. del Valle me había hablado veincitinco años atrás.

Santuario de Los Milagros. Baños de Molgas, Orense. Década de 1920.

 

Tendrían que pasar algunos años más, desaparecidos ya don Vicente, Ernesto, Prego, Trabazos… para que alguien —de las nuevas generaciones y de un modo ya por completo diferente— me hablase de esa persona a la que tanto debían —casi todo, según Gómez del Valle— los que en aquellos años sesenta representaban en Orense las inquietudes intelectuales y de la que, aparte el referido comentario, ninguno de ellos habló nunca.

Y eso que en aquellos años se hablaba ya muy críticamente del todavía llamado Movimiento Nacional (es decir, el levantamiento militar origen de la Guerra Civil y consecuente dictadura) y de las graves consecuencias que para la cultura española suponía la ausencia de tantos intelectuales, que unos habían sido ajusticiados y otros habían tenido que exiliarse para evitar tal ajusticiamiento. Muy críticamente, pues, pese a la presencia de personas como Ricardo Outeiriño o Segundo Alvarado, el grupo reunido en torno a Risco tenía en realidad una clara connotación izquierdista. Pero nunca se habló de Fernández Mazas. Nunca. Nadie. Que yo sepa. Y en mi caso bien podría deberse a mi siempre relativo interés por un mundo en el que nunca acabo de sentirme a gusto, pero ¿cómo se explica que alguien como Valente, tan al día en todo, tan interesado siempre por cuanto se refería al tiempo que precedió a la Guerra Civil, no haya tenido nunca noticia alguna de la personalidad artística y política de Fernández Mazas, ni siquiera oído su nombre?, como me dijo en Ginebra, algunos meses antes de su muerte, al hablarme de su compromiso con José Manuel Bouzas de escribir sobre él (fue Bouzas quien —ya demasiado tarde— lo puso en contacto con su obra pictórica): “Es la segunda vez este año que voy a escribir sobre una pintura que no conozco más que a través de reproducciones; la primera, la de mi hermana; ahora la de Mazas…”. Y cómo, que Antón Risco, tan dado a comentarlo todo, a analizarlo todo hasta la saciedad, no haya hecho ni una sola referencia a Cándido a lo largo y a lo ancho de nuestras innúmeras, perpetuas conversaciones, y que en aquella ocasión en Canadá se limitase a la simple muestra de los dibujos..? No, no tiene explicación.

Julio López-Cid, José Ángel Valente, Sarah Crane (esposa de Aquilino Duque) y José Bergamín. Toledo, 1962.

 

Por qué ese total olvido de alguien que —ahora se sabe— tuvo una gran significación artística y política en el Orense de los años que precedieron a la Guerra Civil! (en Orense y fuera de él), por parte de quienes fueron sus amigos o cuando menos compañeros en comunes empresas…?, y de todos ellos; de quienes, en razón de las circunstancias, podían permitirse soslayar, por su comprometida connotación política, determinados aspectos de la persona pero de ningún modo ignorar su obra artística, de importancia no comparable a la de tantas que por entonces ellos alentaban y protegían. O ¿es que no hubo olvido, olvido verdadero, sino sólo voluntad de olvidar, o sea, deliberado silencio?. Extraño, muy extraño todo.

Habría que cuestionar no sólo la ecuanimidad, síno también —tal vez más— la agudeza crítica de personalidades tan relevantes como Blanco Amor y Otero Pedrayo, que se ocuparon —antes y después de la muerte de Fernández Mazas— de alguien de muy dudosa existencia real en el mundo del arte[4], silenciando a Cándido, cuya obra sin duda conocían y cuyo valor no deberían ignorar. Son horas ya de que, al margen de intereses bastardos, locales o regionales, mezquinos en suma, se empiece a poner un poco de orden en tal subversión de valores y se comience a prestar la debida atención a una obra que cuenta ya con casi un siglo de existencia pero que, pese a su no cuestionable valor, permanece casi por completo desconocida.

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Y vuelvo a la consideración inicial: “En realidad, casi todo lo que nosotros somos se lo debemos al Dichi”, a lo que puede tener de comienzo de una narración de intriga, porque.sin premeditación alguna, a medida que escribía, se me ha ido viniendo a la memoria una de mis viejas narraciones, El umbral[5], que contiene diversos elementos de intriga al modo borgiano y que está localizada precisamente en Los Milagros, a donde el narrador va a pasar unos días por motivos banales y se encuentra al protagonista, que está reponiéndose de una grave enfermedad: un ser hipersensible, aquejado de demasiada imaginación, que le cuenta su historia, una historia curiosamente —fatalmente, cabría decir— vinculada al narrador por un encuentro anterior, que el narrador no consigue recordar y que no acaba de saberse si es real o imaginario pero a cuyo acaecimiento el protagonista concede una trascendental importancia, hasta tal punto que acaba siendo causa y razón de su muerte. Y cómo no ver que la rememoración iba delineando un sorprendente paralelo entre el protagonista de El umbral y el ser apasionado, de gran encanto personal y siempre un poco misterioso que según testimonios fidedignos fue Fernández Mazas. Y cómo no interrogarme sobre el compromiso contraído de escribir sobre él. ¿Por qué, como tantas veces, no rehusé? ¿Qué razón que me ha hecho sentirme de algún modo obligado a hacerlo…?

Tal vez en 1959, cuando hipersensibilizado por la tuberculosis escribía El Umbral, no haya hecho sino intuir la personalidad de alguien que había existido —existe— realmente, presintiendo su singular capacidad de imaginar una realidad distinta, otra, de identificarse con ella hasta ser quien de aventurarse más allá de su misterioso umbral. Y después, en 1960-1961, la ida a Los Milagros para convalecer de la grave operación de tórax habría sido, más que nada, para acudir a la no concertada cita (recuerdo haberlo comentado, en afectada pose literaria, con Julio V. Gimeno[6]: Me voy a Los Milagros, donde tengo una cita con Celso Regueira[7]) con alguien de quien no conocía ni siquiera el nombre, alguien cuya ausencia —tan presente ahora— me llegaría acompañada de Ernesto Gómez del Valle aquel día en que —inesperadamente, como si no viniese a cuento— me dijo que en realidad, casi todo lo que nosotros somos se lo debemos al Dichi. Y, en tal caso, también yo entraría a formar parte del nosotros, sería uno más en la relación de deudores. La mera posibilidad de veras me honra.

Julio López Cid Ferney-Voltaire, diciembre de 2001.

© Julio López Cid

 


[1] Ernesto Gómez del Valle (1907-1965), a pesar de que su familia fue especialmente víctima de la represión franquista (su hermano Manuel fue fusilado; su madre, claudiada; otro hermano, asesinado en Valencia recién terminada la guerra), fue persona muy respetada, incluso en los medios franquistas, por por su nobleza y su entusiasta participación en iniciativas culturales de todo tipo.
[2] 72.a Conferencia Internacional del Trabajo, Montreal, 1986.
[3] Los dibujos están firmados con el seudónimo Fermazas.
[4] E. Blanco Amor: La nueva emoción gallega, Buenos Aires, 1928. Breve conferencia (curiosamente dedicada a C. Fernández Mazas) sobre los aguafuertes de Prieto Nespereira. R. Otero Pedrayo: Julio Prieto Nespereira, Editora Nacional, Madrid, 1970.
[5] El umbral, Editora Comercial, Orense, 1966.
[6] Julio V. Gimeno, periodista y escritor, autor de diversas novelas satíricas, dos de ellas premiadas en la Olimpiada del Humor, Valencia, 19 .
[7] Celso Regueira es el protagonista de El umbral.