Biografía

Cándido Fernández Mazas –“individuo armónico de aptitudes múltiples”– en palabras de Carlos Gurméndez, pertenece a la generación de jóvenes que, nacidos con el  siglo XX, fallecen prematuramente. Por distintos avatares geográficos y personales han permanecido en la penumbra de la historia. Su vida va a transcurrir pareja a la evolución y a los acontecimientos determinantes de su siglo.

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Presente ausencia

Julio López Cid

En realidad, casi todo lo que nosotros somos se lo debemos al Dichi”. Por su corte aforístico, esta frase lo mismo podría ser una declaración de principio que la respuesta a la pregunta clave de una entrevista sobre las generaciones, tan al uso, o —por qué no— el comienzo de una narración de intriga. En realidad, no fue sino el sincero aunque tardío acto de contrición que oí de boca de Ernesto Gómez del Valle[1] a finales de 1960, pienso que en Los Milagros, donde en aquel tiempo viví cerca de un año convaleciendo de una grave operación, pues al responder a mi absoluta perplejidad: “Y ¿quién es el Dichi?, Ernesto comentó, entre otras cosas, que años atrás, durante una de sus crisis, Cándido Fernández Mazas, el Dichi, había estado también en Los Milagros. Seguir leyendo “Presente ausencia”

Ars moriendi

Óscar Rodríguez de Dios

La poética de Fernández Mazas

Y apurar la indecisión es aniquilarse: Mejor esto último.
Matisse nació de este aniquilamiento.

En el fondo, o en la forma, buscamos la huella; lo que hay de un artista realmente en su obra. Sus inquietudes, sus recorridos vitales. Un pulso, un latido, una forma de proceder en la realidad. Si nos quedásemos sólo con su obra gráfica, con sus dibujos, sus grabados, o sus pinturas, a pesar de la vocación discontinua de su obra, de las partes desaparecidas de la misma, tendríamos la posibilidad de un retrato plausible de Cándido Fernández Mazas. Seguir leyendo “Ars moriendi”

Un Poeta (dramático) perdido en la niebla

Javier Navarro de Zuvillaga

El título de mi artículo expresa la sensación que tengo en relación con Cándido Fernández Mazas. Lo único que sabía de su existencia era lo que más de una vez oí decir a Eugenio Granell: que fue él quien le enseñó los primeros ejemplares de la revista Minotaure y le introdujo en el arte de vanguardia. Yo, entonces más enfrascado en la obra granelliana, no averigüé más. Por otra parte, y a la vista de lo poco que queda de su obra (hizo mucho para lo poco que vivió), lo difícil que ha sido reunirla y lo tapada que estaba su memoria, tampoco era fácil saber. Seguir leyendo “Un Poeta (dramático) perdido en la niebla”

Mazas, poeta creador de la amistad

Eugenio F. Granell

Fui muy afortunado habiendo sido amigo de Fernández Mazas. Lo conocí en Madrid. Acababa de llegar de Francia, su amistad fue un premio gordo de la lotería vital, lo que basta para sentirme ufano de mi paso por la tierra. Muchas veces crucé Madrid desde mi pensión en la calle Atocha hasta la de Lista, donde Mazas vivía en el estudio de Arbós, que cuando se fue en el  verano siguió Mazas ocupándolo durante los primeros meses de la guerra. Seguir leyendo “Mazas, poeta creador de la amistad”

Rasguño

Miguel Copón (Miguel Ángel Ramos)

Nos informa el Tesoro… De Covarubias desde su siglo XVII que debuxar es “delinear alguna figura sin darle color ni sombras, sino tan sólo tomarle los perfiles”, resulta claro que la definición conviene de la forma complejamente exacta no sólo de la obra de Cándido Fernández Mazas, sino que en sus declaraciones sobre lo que sea esta tarea, sus ideas se acercan a los criterios ascéticos de reducción propuestos por este diccionario. Reducir como método de encontrar los perfiles. Este mismo texto sería un dibujo, de seguir estas indicaciones, pues un retrato, bien sea de un autor, un tema o una perspectiva sobre ambos, ha de operar necesariamente sobre este criterio. Seguir leyendo “Rasguño”

Cándido Fernández Mazas

Gonzalo Torrente Ballester

Cándido Fernández Mazas vivía entonces, hablo del invierno de mil novecientos treinta, en una pensión e la calle Carretas, en Madrid. Alguna vez me invitó a comer en aquella pensión. Íbamos juntos al teatro Español, donde actuaba Margarita Xirgú y, por las noches, a la Granja el Henar, donde una veintena de personas se reunía en torno a don Ramón del Valle Inclán. Recuerdo entre ellos a los gallegos Dieste, Otero Espasandín y Carlos, el pintor santiagués, Carlos Maside, que dibujaba caricaturas políticas para algún diario. Yo era el más joven de todos y solía refugiarme en un rincón, a ver y a escuchar. Nos retirábamos tarde, y era precisamente a esas horas de la noche, frías y claras del Madrid de entonces, cuando Candochas, que así llamábamos a Cándido, desplegaba su genio vociferante, contra esto y aquello, para sorpresa de los guardias que nos veían pasar, que nos escuchaban, que a lo mejor estaban conformes con lo que Candochas decía. Tenía la voz recia, como su bastón que era un cayado de tojo, doblado a fuego. Cándido fluctuaba entre la vocación de pintor y la de escritor. Acababa de publicar “Santa Margorí”, dedicada “A mi bruna alegría mi mediterránea”, y una tarde de domingo nos leyó, a unos amigos, una comedia en gallego, de dos que tenía, que no sé qué habrá sido de ellas. Tenía el doble don, el de la palabra y de la mano, y hablaba de su literatura como de su pintura: como un manojo de problemas, más que de soluciones. Había estado en París; las vanguardias no le satisfacían precisamente como eso, como soluciones, pero habían dejado su espíritu sembrado de problemas. A quien admiraba realmente era a Valle Inclán, pero él quería ir más allá y en lengua gallega. También manejaba el castellano con destreza. Cándido Fernández Mazas o Marzás como ya se le empezaba a llamar, malgastaba su ingenio contando cosas de Orense. El entierro de una prostituta, que yo describí en alguna parte, a él se lo oí contar, y mi descripción no es nada, comparada al cuento de Candochas. Lo que había de invención en él, no lo sé, porque la historia había acontecido antes de su nacimiento, como otras muchas que contaba, que no había visto, que le habían contado, que el recreaba: la llegada de Victoriano Taibo a Orense, después de publicado su libro “Voume”, o la llegada del escultor Benlliure. Seguir leyendo “Cándido Fernández Mazas”

Darle espacio a Mazas, infinito espacio[1]

Raquel Pelta

Situando a Cándido Fernández Mazas, ilustrador y humorista

Si la obra de Cándido Fernández Mazas no ha recibido toda la atención y respeto que se merece, menos aún parece haber sido la que se ha dedicado a  su trabajo, que cabe calificar de excelente, como humorista gráfico y como ilustrador de libros, periódicos y revistas.

Sin embargo, posiblemente en su momento, fueron éstas dos de las actividades que más popularidad debieron de proporcionar al artista, pues  no debemos olvidar que el  chiste –una denominación que no agrada demasiado a los ilustradores del humor–, la caricatura y la ilustración gráfica en general han gozado desde siempre del  favor del público. Los periódicos y revistas, desde hace casi dos siglos y hasta hoy en día, suelen colocarlos en algún lugar especial hacia el que desean que el lector dirija su mirada porque, en numerosas ocasiones, un chiste o una ilustración, ocupando tan sólo unos centímetros de papel, puede llegar a decir mucho  más de lo que se cuenta en el resto de la publicación. Seguir leyendo “Darle espacio a Mazas, infinito espacio[1]

Fernández Mazas, teórico práctico del dibujo

Santiago Arbós Ballesté

Conocí a Cándido Fernández Mazas en la inolvidable tertulia nocturna de escritores y artistas, en su mayoría gallegos, que Eduardo Dieste presidía en la Granja el Henar, en la madrileña calle de Alcalá. Sería 1933 o 1934. Yo no había cumplido aún los veinte. Cuarenta años después y a propósito de una exposición del pintor Eugenio Granell en el Ateneo de Madrid, escribí: “Punto fuerte de la reunión era Cándido Fernández Mazas, un orensano de algo más de treinta años, hombre de gran talento pero psíquicamente inestable, que se malograría joven aún. Excelente pintor, singularísimo dibujante, escritor de buena casta, conversador amenísimo, imaginativo, fabulador, dialéctico brillante, que había vivido en París y tratado a numerosos artistas de vanguardia. Granell y yo lo adorábamos. Él nos desveló el fascinante mundo del arte nuevo y nos introdujo generosamente en el conocimiento de los últimos “ismos” y sus adalides; puso a nuestro alcance revistas y libros franceses cuya existencia ignorábamos; nos aproximó a los hábitos, modos y afanes de la actualidad artística en París; nos dio abundantes noticias sobre las actividades allí de los españoles y nos enseñó, en fin, a ver la pintura con ojos limpios de prejuicios académicos. Las visitas con él a los museos eran una fiesta. Redescubrimos con nueva óptica a “El Greco, Velázquez y Goya”. Seguir leyendo “Fernández Mazas, teórico práctico del dibujo”

Drados en invernía

José Manuel Bouzas

A José Ángel Valente, que se fue sin poder ayudarnos a recuperar todo esto que también era suyo.
A Armando Fernández Mazas, que le hubiera gustado verlo.
A Áida, porque vive y el recuerdo vive en ella.

 

¿Dónde? Allende. Tierra de allende, nuestra tierra. Y más allá de allende, y allende de allende.
¿Sembrar aquí qué forma o qué semilla?

José Ángel Valente

La carretera transcurre, desde A Rúa en Petín, entre quebradas, despeñaderos de jara y carrascos, abruptos roquedales milagrosamente en equilibrio sobre las simas, espesos matorrales de brezo y tojo, hilos de agua en caprichoso curso cayendo libres desde las cumbres, desmontes de pizarra a corazón vivo. Seguir leyendo “Drados en invernía”